Se dice que en cierta región de Los Pirineos, se encontraba una hermosa y gigantesca casa, del otro lado del rio. Hacia tiempo que no se miraba gente en ella así que grupo de chicos curiosos, se atrevió a cruzar el puente, y entrar en la casa.


 Uno de los niños se quedó esperando por ellos sin cruzar el puente, pues el agua lo asustaba demasiado. Los demás continuaron para satisfacer su curiosidad, revisaron todas las puertas y ventanas hasta encontrar un lugar por el cual entrar. Finalmente dentro, hurgando por aquí y por allá, encontraron en algunas habitaciones enormes estanterías, desde el suelo hasta el techo, repletas de frascos de cristal, con algunos líquidos de colores y algún tipo de masa dentro de ellos, la luz era algo escasa, y nadie había tenido la genial idea de cargar con una lámpara.



 Cuando se dirigían al segundo piso, vieron la horrible pintura de un hombre sobre la chimenea,

 

este tenía una expresión de enojo, y parecía que seguía atento cada uno de sus movimientos. Los chicos continuaron revisando el lugar, y encontraron un par de fósforos, que al encenderlos, les permitieron ver que lo que había dentro de los frascos eran restos humanos, fetos y animales deformes. Bajaron corriendo las escaleras, el hombre del cuadro ya no estaba, aquello era en realidad una ventana, desde la cual estaban siendo observados.


 

 

 El muchacho que se quedó fuera, solo escucho gritos aterradores, y salió en busca de ayuda… Cuando las personas acudieron al lugar, no pudieron encontrar a los chicos. Pero desataron su rabia contra todos aquellos frascos de horrores, rompiéndolos uno tras otro, solo para darse cuenta con tremendo terror… que sus hijos ya estaban dentro de ellos, hechos también pedazos… en la casa que en épocas antiguas fue de un doctor, acusado de perder la  



El zapatero felíz

Todavía perdura el recuerdo, en una ciudad de Europa, de un alegre zapatero. Era, probablemente, una de las personas más felices de la tierra a pesar de su gran humildad.

 Un día el zapatero fue visitado por uno de sus vecinos, un banquero muy rico, que al observar la gran alegría del zapatero entre tanta miseria, no pudo dejar de preguntar: Señor zapatero, si no es molestia, ¿podría decirme cuánto gana usted con su humilde trabajo?

 Es tan poco dinero, señor, que hasta vergüenza me da decirlo, no se lo tome a mal. Pero dicho dinero me da cada día el pan de mis hijos, y a mí me basta con terminar decentemente el año, aunque tengamos que privarnos, lamentablemente, de muchas cosas. – Respondió el zapatero orgulloso.

Aquella excelente y positiva actitud dejó muy sorprendido al banquero que, poco después, dijo muy conmovido:
 - Señor zapatero, tome usted estas monedas de oro que le ofrezco desinteresadamente, y guárdelas con esmero para cuando las necesite de verdad.

razón.  A partir de entonces la actitud del zapatero cambió, con motivo de sentirse poseedor de una de las mayores riquezas del mundo. Aquella riqueza exigía mucho del zapatero, ya que al haber escondido bajo el suelo de su casa las monedas de oro, era incapaz de descansar y vivir con normalidad. El zapatero había enterrado sin saberlo al mismo tiempo el dinero y su alegría y buen humor, siendo desde entonces huéspedes de su casa, el miedo, la desconfianza, el insomnio y la inquietud.

 El menor ruido durante la noche, le hacía llenarse de temor ante un posible robo y sus consecuencias. Hasta que un día, cansado el zapatero de su nueva vida, fue a visitar a su vecino banquero: Oiga, amable señor; quiero devolverle todo su dinero, pues mi mayor deseo es vivir como lo hacía antes.

 Y, de esta sencilla forma, el zapatero recuperó su alegría.

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